Este me hizo llorar, espero tengan paciencia para leerlo, así es la fuerza del amor…


Cara de ángel.

—Los que conocieron a mi nieta antes de la tragedia no pueden creer que se trate de la misma nena, profesora… —Es “otra”… —me dicen— “Otra…”

¡También!, ¿que quedó de aquella criatura que conquistaba a todo el mundo? Yo suponía… Bueno… que poco a poco iba a ir recuperándose del tremendo shock que sufrió al ver morir a sus padres, apenas a seis o siete metros de distancia… No; nunca se supo nada del desalmado que los atropelló mientras cruzaban la Avenida del Libertador… No sólo no respetó la luz roja del semáforo sino que ni siquiera detuvo su automóvil para socorrerlos, después de haberlos hecho volar por los aires… La nena se salvó de milagro: se les adelantaba andando en su bicicleta… Sí, sí, ya pasaron dos años… y Natalia sigue como ausente de todo. Lo peor es que no habla… Esteee… quiero decir… no habla como nosotros… Usa palabras que inventa. Ah… si por lo menos las empleara en algo así como un diálogo conmigo, una conversación, por rara que fuese… Nada. Habla sola en ese lenguaje disparatado, imposible de descifrar.

 

Me duele su soledad… su aislamiento… Además, ¡tiene diez años, profesora; no puede limitarse —únicamente— a mi compañía! Estoy desesperada. Sí, claro; la visitan una psicóloga, una maestra particular, un psiquiatra y una fonoaudióloga… pero sus empeños resultan inútiles… Natalia no traba relación con nadie. Vive como echada hacia adentro de sí misma. Por eso… yo pensé que —si Usted la acepta en estas condiciones— mi nieta podría venir a su taller de juegos de lunes a viernes, durante las tardes… Al principio, una o dos veces y después se vería… No, no es agresiva. Su conducta es tranquila; demasiado… Sí, ya probé que reentablara relaciones con los hijos de nuestros vecinos pero —es lógico— los chicos se aburren con ella, se “pudren”, dicen. Es que actúa como si no existiesen, como si ella se moviera en una realidad aparte, para su uso exclusivo… En cambio, aquí, rodeada de nenas y varones de su edad y bajo la supervisión y el estímulo de Usted y sus colegas… y tratándose de juegos… 

Acaso… si Dios quiere…

La acongojada abuela se secó las lágrimas con un pañuelo que —gentil— le extendió la profesora a la que acababa de confiarle su drama. Enseguida, completó formularios, firmó registros, entregó documentación, respondió ciertas preguntas más y se marchó de regreso a su casa.

Natalia ingresó en la Escuela de Recreación de la mano de su “nonina”, como la llamaba cuando estaba sanita. Le costó soltarla. Y no bien la observó alejarse hacia la calle, tomó una banqueta y se sentó en un rincón del florido patio. Allí se quedó quieta, con la mirada fija hacia delante.

Esa primera jornada de abril en el taller de juegos la dejó transcurrir así, en idéntica postura, aunque sus compañeros de grupo se le acercaron una y otra vez, le acariciaron el pelo e intentaron —en vano— conversar con ella.

Fue un rato antes de que vibrara en el atardecer la melodía que indicaba la salida cuando Lucién —un muchachito también de diez años— la vio gesticular levemente, mientras ladeaba la cabeza y movía los labios, como si charlara con alguien invisible. Lucién se le aproximó con delicadeza y se agachó a su lado.

Como las profesoras ya les habían contado a los alumnos cuál era el problema de Natalia, el chico permaneció callado y atento. Logró escuchar —entonces— lo que ella decía y se concentró mentalmente para entenderla. Pero ninguna de las palabras que pronunciaba su nueva compañera evocaba —ni por casualidad— alguna en castellano o en otro idioma identificable.

—Linarbolte da namador ogue saradil. Caldisén ratindai son fol daquindel. ¿Rastal? ¿Obe? Lerbin ornala, adel tros.

Lucién la oía perplejo. Natalia era capaz de hilvanar oraciones, pero las combinaciones de vocales y consonantes que hacía daban como resultado vocablos incomprensibles.

—Qué lástima… —pensó—. Tan dulce… linda… y tan encerrada; tan perdida… Parece un ángel caído en este patio… Eso, cara de ángel tiene… ¿Hablará en lengua angélica? ¿Dónde encontrar un traductor? Pobre “Cara de Ángel”…—. Y como “Cara de Ángel” empezaron todos a referirse a Natalia, cuando comentaban cosas acerca de ella. Hasta las profesoras.

Pasaron cinco meses. Natalia ya asistía al taller de juegos de lunes a viernes.

Dócil y desvalida como siempre, tomaba la banqueta y se sentaba en el patio casi todo el tiempo que permanecía allí. Retraída, largándose a monologar a través del rostro de cualquiera que se dirigiese a ella, como si la cara de su ocasional (y fracasado) interlocutor fuera transparente.

Sólo Lucién no se daba por vencido en su pretensión de comunicarse con la niña.

¿Un empecinado pichón de psicoanalista, acaso? ¿Un muchacho lleno de compasión por esa aislada compañera? ¿Un candidato a mártir?

No. Nada de eso. Aunque cueste creerlo, Lucién se había enamorado de Natalia y se había prometido no parar en sus intentos de conseguir una verdadera conversación. Ni caso que hacía de las bromas y burlas de los demás compañeros del grupo. El insistía cada semana y le hablaba a Natalia como si entendiera esos misteriosos sonidos que la chica persistía en pronunciar.

—¿Cómo estás, Naty? ¿Qué tal, Cara de Ángel?— le decía cada tarde, en el momento de volver a verla en el taller de juegos. Entonces, se sentaba a su lado en otra banqueta y le contaba lo que se le iba ocurriendo, a medida que la nena desgranaba su delirante discurso.

Por ejemplo:

Natalia: —Soot an mulbrat, luben tesimor fot. Tamar reti oela crut am tedisén. Meredesín daf ontés. Erolín quendel grus. ¿Lut? ¿Owalín?

Lucién: —-¿Estás segura, Naty? Yo opino que mejor vamos a andar en bici a la plaza, cuando salgamos de aquí. ¿Qué te parece?

Natalia: —Dabe amarandel nimasi, ¿ef? Bliguestal adenomo milum taí.

Lucién: —Es posible que tengas razón…

Natalia: —Mosawa ditorip. Oduit at. Dofe egimantel arcut nebesín. ¿Eol? ¿Og ie estale grespan inz risoc?

Lucién: —Sí, esa película es joya. Entonces, vamos al cine y otro día a la plaza. 

Natalia: —Perjed orid, nume. Jumeb nosi otepofin. Abrud, nemole…

El colmo para los incrédulos amigos: Lucién anotaba cada una de las palabras que pronunciaba su extraño amorcito. En un cuaderno especial. Fue así como pudo escribir unas rimas con algunas de ellas, las que se le antojaba que Natalia reiteraba con bastante frecuencia.

Una tarde de noviembre se animó a leérselas, tras el acostumbrado saludo que Naty jamás devolvía. De mejillas coloradas y corazón al trote se las leyó.

La primera:

—Meredesí.

Amarandel.

Otefopín.

Egimantel.

La segunda:

—Erolín.

Tedisén.

Owalín.

Caldisén.

La tercera:

—Bliguestal.

Milum at.

Grus rastal.

An mulbrat.

De inmediato —en un impulso de almita enamorada— Lucién arrancó de su cuaderno la hoja donde las había escrito y la puso sobre la falda de la chica.

—Tomá, Naty… Son versos para vos, Cara de Ángel… En ellos te digo que te quiero mucho…

Ante el estupor generalizado de los que los rodeaban a pura risa, la nena giró lentamente la cabeza, despegó su mirada del vacío y la fijó en la claridad de los ojos del muchacho.

Unos lagrimones resbalaban por sus cachetes cuando —titubeante— silabeó: —Yo… tam…bién… te… quie…ro… Te… te… quie…ro… Lu…cién…

– Elsa Bornemann –

     Zoe…

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